Soy frágil. Somos frágiles. La vida en sí es frágil.
Los asuntos de la vida cotidiana se convierten en minúsculas proyecciones sentimentales cuando algo gordo está ocurriendo. Me he llegado a sentir preocupado por cosas tan insignificantes como la ITV del coche, una factura que no puedo pagar o por una pelea tonta que he tenido con un amigo.
Absolutamente todo se eclipsa y se opaca cuando algo realmente grave ha pasado, o prevés que va a pasar. Acontecimientos enormemente jodidos apagan pequeños malestares, eso ha sido así desde que el mundo es mundo.
Y ahora viene la pregunta del millón : ¿Qué ocurre cuando varios acontecimientos enormemente jodidos se entrelazan?
Que te rompes. El desmorone está en el orden del día, y no hay más remedio que echarle valor a la situación y tirar para adelante. Suena tópico y estereotipado, pero no queda otra.
Llega un punto en el que no aguantas más, y empiezas a preguntarte de la manera más profunda, seria y sincera qué es lo correcto a partir de ahora. ¿Qué hacer? A veces, no puede hacerse nada, hay asuntos que se escapan totalmente de nuestra merced. No obstante, ¿Vamos a dejar las cosas como están? ¿Vamos a conformarnos con un día a día gris y deprimente?
Al final, no queda más remedio que esperar. Es decir, que después de tanta comida de coco, tanto discurrir y pensar en qué nos hará sentir un poco mejor, lo que acabamos haciendo es NADA. Nada en absoluto, simplemente esperar a que todo se solucione solo.
Todos sabemos que eso no va a ocurrir, ¿O quizás sí?
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