Vistas de página en total

martes, 24 de septiembre de 2024

Acostumbrarse a escuchar a los demás hablar, sin tener ni puñetera idea

Desde pequeño, escuchaba hablar a los demás (tanto niños como adultos) hablar de todo y de nada con una ligereza absoluta. Con una autoridad y seguridad impropias del conocimiento que en realidad tenían del tema en cuestión.

Es curioso que siendo tan pequeño se me vinieran estas cosas a la cabeza. Cosas que muy pronto entendí que debía trivializar, si no quería que casi todo el mundo me cayera mal. "Tienes que dejar que los demás hablen de las cosas sin tener ni puñetero conocimiento de las mismas.


Y así lo hice. Cada vez que escuchaba hablar a alguien que claramente, no tenía ni idea de lo que estaba diciendo (ni en la práctica, ni la teoría, ni habiéndolo practicado, CERO), sencillamente dejaba de escuchar.


Cuando creces eso se hace más complicado. Porque no sólo hablan de temas que desconocen íntegramente, sino que además critican tus cosas. Critican, opinan. No sólo sin reparar en que haciendo eso con un tacto inexistente, ofenden. Sino que tampoco reparan en lo molestos que se ponen ellos mismos cuando los demás les hacen eso. Suele ser la razón principal por la que las personas terminan mal entre ellas: Yo a los demás les digo las cosas como me salgan, pero que conmigo no lo hagan.


Y así empieza la gran mayoría de desentendimientos entre personas. Con tonterías. Que luego se converten en auténticas bolas de nieve con los años. Todos hemos visto personas adultas, incluso envejecidas echarse cosas en cara de hace más de treinta años, como si tanto en su día como ahora tuvieran toda la importancia del mundo. Cuando en realidad y aunque suene muy tópico, las cosas tienen la importancia que le queramos dar nosotros.


Es decir, que la única manera de no estar rabiando todo el día es conseguir que nada de lo que digan los demás te importe. Algo que no siempre es fácil. Y también tiene pros y contras. Porque si terminas consiguiendo que todo aquello que los demás digan no te importe, dejan de importarte también las cosas positivas que puedan decir.


Lo que nos lleva a otra premisa interesante: A las personas no les gusta que les digan las cosas negativas de ellas. Sólo las positivas. Sin embargo, no tienen ningún reparo en decir las negativas a los demás sin pensar, en que empezarán a caer mal al otro inmediatamente. De nuevo volvemos al punto anterior: "No hagas a los demás, lo que no quieres que te hagan a tí."


Las lecciones que trivializamos y se nos enseñan desde pequeños muchas veces son las más influyentes en nuestro día a día sin darnos cuenta. No dejas de escuchar durante toda tu vida a personas hablando de lo mal que lo han hecho todo los demás. Sus familiares, sus hijos, sus parejas. Hablándolo desde una soledad casi absoluta. De nuevo, sin darse cuenta de la ironía que eso destila. 


Y por eso debemos acostumbrarnos a escuchar hablar a los demás sin tener ni puñetera idea (de muchas cosas, de nuestra vida, de nuestras aficiones, de nuestros trabajos...). Tanto en beneficio propio como para los demás. Porque al final de los fnales, los que se emperran por activa y por pasiva a dar importancia a sus sentimientos pero no a los ajenos, están bastante predestinados a terminar ignorados por todo el mundo que no sean ellos mismos.


Os invito a comprobar esto por vosotros mismos/as. No os resultará demasiado complicado.  


No hay comentarios:

Publicar un comentario