Siempre recuerdo con escasa nostalgia algunas tardes y noches en casa de un amigo. Es (o más bien era) un amigo muy peculiar. No era demasiado de salir a ningún sitio, y siempre terminábamos yendo a su casa a verle porque si no, no le veíamos. Esto sucedió durante mucho tiempo, más o menos durante quince años.
No había ningún inconveniente en hacer eso. Quien te quiere te busca, se suele decir. En este caso era cierto. No necesitábamos salir, sólo ir a verle y pasar un rato con él. De más jóvenes, el plan solía ser ir a su cuarto y escuchar música en el ordenador, mientras hablábamos. Era más entretenido de lo que suena. Porque todo estaba envuelto en un halo de amistad, positividad y ganas de estar juntos. Podíamos estar desde las 10 de la noche hasta las 4 de la madrugada en la misma habitación, sin aburrirnos.
Casi siempre con algunos litros de cerveza y algún que otro cigarro risueño, todo hay que decirlo.
Sin embargo, poco a poco la cosa fue evolucionando a peor. No nosotros, sino la escenografía que vivíamos en esa casa cada vez que íbamos a verle. Era común que al ir allí, estuviese la hermana de su madre en el piso, casi todas las veces que íbamos. Cosa que nos llamó la atención, porque ¿cómo era posible que una persona estuviese allí durante horas y horas cada vez que nosotros íbamos a verle? Más que nada porque tampoco íbamos a menudo, quizás íbamos dos veces al mes. Pues siempre estaba allí esa mujer.
Cuando alguien con no demasiado intelecto oye esto suele decir "bueno es la casa de su hermana, es normal que esté allí". Es "normal" dentro de unos parámetros. Cada vez que íbamos, esa mujer se pasaba hasta las cuatro de la mañana en la cocina con ella, dando voces contando sus anécdotas y remojando el gaznate a base de alcohol. Hablamos de una mujer de casi 60 años. Con lo cual, no era para nada normal que estuviese esa cantidad de horas allí, dando la brasa con sus cosas a los demás.
La situación cada vez era más incómoda, puesto que íbamos a verle a él y terminábamos escuchando las anécdotas de esa mujer. Nos sentábamos en la cocina con nuestro amigo, y a los pocos minutos se sentaban en la misma mesa la madre y la hermana de 60 años, a hacer lo mismo de siempre: hablar en voz alta de ellas mismas.
Cosa que no tenía ningún sentido si piensas como una persona medio normal. Si tus amigos de tu hijo hace cinco meses que no vienen a tu casa, entre otras cosas porque él tiene un problema, ¿no eres capaz de dejarlos tranquilos hablar en la cocina durante media hora? No. Se sentaban como si fuese un día cualquiera y se ponían (sin escucharse una a la otra) a hablar en voz alta. Cortando absolutamente todo el 'rollo' a unas personas que venían como mucho, una vez cada cinco meses.
Una mezcla entre falta de vista, ceguera total, consideración inexistente. Etc, etc, etc.
Tampoco era nada normal que él (nunca) tuviese la iniciativa de proponer ir a su cuarto cuando eso pasaba. Porque habíamos ido a verle a él, entre otras cosas. Después de cinco meses de no vernos las caras. Pues no lo hacía. Nos quedábamos en la cocina, escuchando como una mujer soltera de 60 años contaba en voz alta su viaje a Turquía en los años 70. Esa persona era una caricatura de sí misma sin darse cuenta, viviendo en una inopia terrible.
Lo mejor de todo es que siempre decía lo mismo. Ella hablaba de cosas de hacía cuatro décadas. Parecía querer convertirse (sin darse cuenta) en lo más estándar de lo estándar dentro de lo vulgar. Ajena a todo: A que estaba haciendo algo ridículo, a que tenía en la mesa personas de 20 años sentadas dándoles la vara, a que había roto todo el plan de su sobrino. Todo para ponerse en piloto automático (repito, ajena a todo lo demás) a hablar de sus cosas sin ningún interés para el resto y además, sin gracia.
Porque si eres una persona graciosa, vale. Estás entreteniendo al resto. Puede valer, por unos minutos. Pero cuando eres una persona que repite "yo" cada 3 segundos, interrumpe a cualquiera que quiera participar en el tema y ni siquiera escucha lo que dicen los demás, a esa persona no la considero apta para relacionarse con los demás.
La considero apta para la oligofrenia. Porque este tipo de personas, son como un programa mal programado. Toda la persona es un impulso. El impulso de hablar, el impulso de interrumpir, el impulso (inconsciente total) de sólo hablar tú. Una persona convertida en pensamientos: Algo que nadie en su sano juicio puede aguantar más de 10 minutos.
Y eso pasó un día, y otro, y otro. Incluso en festividades en las que íbamos a verle, terminábamos toda la noche (y hablamos de las 3-4 de la madrugada) escuchando las mismas vivencias de la misma mujer, que ya habíamos escuchado la vez anterior. Entre todo esto nuestro amigo, incapaz ni una sola vez de encarrilar el tema y decir: "Vamos a mi cuarto y estaremos más tranquilos." Mira que era fácil.
Qué sentido hubiese tenido que mis amigos viniesen a mi casa a verme, y yo les dejase a merced de mis padres durante tres horas, contándoles sus cosas personales y que a las tres horas estos amigos se fueran a sus casas igual que han venido. Qué sentido tendría. Pues el sentido de toda una ristra de personas que no están bien de la cabeza, aunque no se den cuenta hasta su muerte.
Poco a poco dejamos de ir. Porque primero no tenía sentido y segundo, empezaba a dar rabia. Esas personas empiezan a caerte mal. Ya no sólo por la brasa que dan, sino porque no se dan cuenta de todo lo anterior. Además, vas concluyendo que todas esas personas están solas por algún motivo más allá de la mala suerte. Esas personas mienten. Contínuamente. Te dicen que "están solas porque quieren, que no necesitan a nadie". Mientras están constantemente en casa de la hermana dando discursos grandilocuentes que fuera de esas cuatro paredes, nadie quiere escuchar.
El día final fue una verbena de San Juan. Hacía ya un montón de meses que no veíamos a nuestro amigo, otra vez. Como no le veíamos con intención de ir con nosotros a ningún sitio, le propusimos lo de siempre: ir a verle a su casa, y tomar algo allí con el.
Y volvió a pasar lo mismo. Él, sentado como una planta en la cocina de su casa mirando de reojo una reposición de una película. Su tía, enfrente de él hablando sin parar de lo que habíamos escuchado durante quince años. La mesa llena de botellas vacías. La madre, hablando sola de su jubilación mientras nadie la escuchaba. Y nosotros dos, dándonos cuenta a los cinco segundos que aquello no tenía ningún sentido. A parte de que esas personas están como una cabra sin querer darse cuenta.
No fuimos más. Tampoco le hablamos más a ese amigo. ¿Sabéis lo que pasó?
Nada. No pasó nada.
Fin.
No hay comentarios:
Publicar un comentario