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domingo, 16 de noviembre de 2025

Los jubilados están muy bien cuando no tienes que aguantarlos

Algo que he aprendido desde que vivo en un edificio donde casi todos los vecinos están jubilados, es que los jubilados están muy bien cuando no tienes que aguantarlos. Cuando ese momento llega, empiezas a echar de menos los tiempos en los que todos estaban trabajando y no tocando las narices a los demás.


Porque en la base es lo que hacen: Tocar las narices a los demás. Si gastasen su tiempo en sus aficiones, en hacer lo que les gusta, en pasar tiempo libre con sus seres queridos, perfecto. Pero no. Sus "seres queridos" resultan no ser tan queridos y dichas aficiones a las que aludimos muchas veces no existen. Así que, por lo menos en este edificio, se dedican a estar saliendo y entrando de los pisos cuarenta veces al día sin motivo, a hacer chapuzas en casa con el correspondiente escándalo que eso supone y demás molestias ineludibles. Porque os aseguro que ni el Cristo Redentor se escapa de esas molestias.


Lo curioso es que no se trata de un propietario jubilado en concreto. Desde que se han ido jubilando en el edificio, los ruidos, molestias, obras absurdas a primera hora de la mañana y demás cosas que te suben la tensión han ido a más. De manera instintiva asocias la jubilación a la tranquilidad, a la falta (por fin) de obligaciones laborales y a darle al pause al ritmo frenético que vivimos. Pues en estos casos resulta que hacen más ruido, se les oye más, hacen más gilipolleces y molestan mucho más de lo que hacían antes.


Aquí la cuestión es que dicha 'jubilación' acaba consistiendo en causar molestias a los demás. Molestias en forma acústica, reformas chorras de los lavabos a los 67 años, paletas entrando y saliendo a las 8 de la mañana día sí y día también y como siempre: Imponiendo a los demás sus tocadas de huevos personales.


Porque evidentemente, todo esto que hacen no es necesario. Ni siquiera lo hacen porque haga falta hacerlo. Tampoco lo hacen porque les apetezca hacerlo: Paradójicamente lo hacen porque no tienen nada que hacer. Y no hay nada más fácil en el mundo que tocar las narices cuando no sabes qué hacer.


Hay una relación casi simbiótica entre -no tener nada que hacer > no saber qué hacer-. Sin embargo ellos dicen: "Sí sabemos qué hacer, sí. Tenemos montones de cosas por hacer." Lo cual es mentira.


Lo cual nos lleva a una conclusión interesante: La gente pide a gritos tener tiempo libre y cuando lo tiene, no sabe que hacer con él. Normalmente coincide cuando la gente pide algo a gritos con no saber qué hacer cuando ya lo tiene. 


¡Queremos saber la verdad!: Cuando se les proporciona verdad, no la quieren. La niegan. Dicen que es mentira.


¡Queremos aumentos de sueldo!: Se les da aumentos de sueldo. El año siguiente piden más.


¡Queremos un cambio de sistema político!: Votan a la izquierda en mayoría absoluta y a los cuatro años, la derecha gana por mayoría absoluta.

 

¡Queremos que nos bajen los impuestos!: Los mismos que dicen esto defienden que se proporcione rentas mínimas universales a la gente que no trabaja o a los extranjeros sin papeles.


Y un largo etcétera de incoherencias que demuestran que a las personas por lo general se les da muy bien pedir, pero no utilizar lo que han pedido.


Todas estas personas que ahora no saben qué hacer con su tiempo libre, en su día estaban deseando jubilarse. Deseando dejar de trabajar, lo cual es comprensible después de 40 años cotizados. La cuestión es que una vez tienen ese algo tan deseado, actuan como robots. Parecen auténticos robots. Incapaces de gastar el tiempo que se les ha dado en algo que no sea montar escándalo, salir y entrar de casa cincuenta veces sin motivo aparente y un seguido de cosas que a parte, molestan a todos los demás.


La conclusión casi siempre es la misma: Lo que uno tiene idealizado en su interior casi nunca termina trasladándose al plano físico. El plano físico casi siempre es más triste que lo que en un momento dado nos imaginamos.




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