Aunque a priori parezca un topicazo como un piano, cada vez es más común ver desastres humanos con veinte y pocos y años. Aquello tan típico que oías de tus padres, de tus abuelos e incluso de tus hermanos mayores: "En mis tiempos estas cosas no pasaban".
Pues al final resulta más realidad que ficción. Dentro de unos parámetros y sin exagerar ni generalizar más de la cuenta.
Hace un tiempo frecuentaba mucho una cafetería con mis amigos. En esa cafetería trabajaba un amigo nuestro, que estuvo bastante tiempo allí. Era la razón principal para frecuentar ese sitio, ya que aprovechábamos para verle y a parte, casi siempre nos hacía algún regalito. Como detalle por ir a verle tan a menudo.
La cuestión es que una chica de 20 años que le iba detrás empezó a venir día sí día también, ella sola, como rondándolo. Poco después nos enteramos de que tuvieron una mini historia durante una noche, y como pasa en muchas ocasiones la chica quiso ir a más. Aunque el método en sí para pretenderle ya causaba desconfianza, ya que plantarse cada día completamente sola en su puesto de trabajo sin ser una persona demasiado allegada causaba sensación de invasión incluso siendo una chica totalmente inofensiva.
Esa chica era el típico perfil de persona que con 20 años ya estaba fuera de casa, trabajando de cualquier cosa y absolutamente ansiosa de encontrar una pareja que meterse en casa. Con 20 años. Lo cual ya dice mucho acerca de muchas cosas. Aunque sin entrar en juicios morales, es curioso como muchas personas se proyectan tan mal hacia afuera desde tan jóvenes.
Nuestro amigo realmente no quería nada con ella. Esto es muy típico y siempre lo ha sido. Con 20 años la mayoría de chavales no tienen mucho interés en meterse en relaciones serias, mientras que ellas de manera bastante común, quedan encandiladas en cuanto se pasa al plano más físico. Nuestro amigo era exactamente este caso. Ya no sabía como decirle que lo que pasó duró menos de 24 horas, y ni mucho menos era determinante como para empezar a tener una relación con ella.
Y vino un día, y otro. Y otro, y otro. Hasta que empezó a ver que no servía para nada, así que empezó a coquetear con los que estaban por allí, con sus amigos, con clientes del bar. Lo cual, de nuevo, te deja entrever el nivel de confusión que llevaba esta chavala encima. Cualquiera que profundizase en el tema terminaría escaldado por cualquier motivo.
"Si no es este, será otro." Esa es la mentalidad que movía a esta persona. Sin criterio fijo, sin buscar nada en concreto en las personas. Sólo hablar un poco y que te hagan caso. En la máxima expresión de los términos. A la mínima que vea que hay una mínima sintonía, aquí me quedo.
Al final, nuestro querido amigo camarero se lo dijo con toda la educación del mundo. Que podían seguir siendo amigos, en esta ocasión desde la sinceridad, puesto que la chica era una persona muy maja en cualquier caso. Desde ese punto dejó de venir.
A la semana, nos enteramos de que ya estaba saliendo con otro tío, 10 años mayor que ella. Ya se lo había metido en casa, ya estaban compartiendo piso y ella se había puesto a trabajar en un bar nocturno que por cierto, tenía una mala fama terrible. Una mala fama adquirida, ya que dicho bar estaba muy frecuentado por dominicanos y colombianos de la zona que todo el mundo sabía a lo que se dedicaban.
La conclusión casi como siempre, es que hay que andar con pies de plomo. Especialmente cuando las cosas quieren ir tan rápido como parece, y tienen cierta mala pinta desde un principio. Si en ese momento en el que nuestro instinto (en caso de aún tenerlo) nos indica que algo no irá a buen puerto decidimos ignorarlo y compensarlo con algún pensamiento falso terminaremos mal. Y lo peor de todo es que terminas mal por culpa directa de terceros que en el fondo, no son muy conscientes de lo que están haciendo.
Cuando decimos que una persona no sabe lo que está haciendo, en muchas ocasiones parece que lo digamos prejuzgando, o presuponiendo lo que piensa la persona sin realmente saberlo. Aunque en la realidad más aplastante, es una certeza absoluta a parte de una evidencia, que este tipo de personas no saben lo que hacen. Principalmente porque en cierta manera, no dan valor a nada.
Se mueven más por su compulsividad comparativa* (los demás lo tienen, yo también quiero) y por un ansia tempranera de atar bien atadas las cosas. Desde la absoluta inopia por otra parte, de tener 20 años y no ver todo lo que te queda por delante como para estar perdiendo el culo por encontrar pareja. Pareja que ella misma es capaz de reemplazar en cuestión de una semana si no le funciona como ella quiere.
* La compulsividad comparativa es un término empleado en psicología para definir lo que sufren aquellas personas que no buscan "X" cosa por quererla o necesitarla realmente, sino por pura comparación compulsiva con los demás y la correspondiente mella negativa en la autoestima de uno/una. Dicha compulsividad comparativa puede provocar que igual que la persona parecía que quería mucho "X" cosa, deje de quererla en cualquier momento para preferir "Y". Es un comportamiento principalmente egoísta a la par que inconsciente, porque los individuos/as que padecen esto no suelen darse cuenta de lo que padecen.
A todas estas personas podemos atribuirles perfectamente el título de catástrofes veinteañeras. Y no porque las cosas les salgan mal como a todo el mundo le puede pasar. Sino porque entoman todo desde un principio enfocado al desastre, sin darse cuenta. Y cuando uno no se da cuenta del desastre ni cuando ocurre, está bastante destinado a repetirlo, y repetirlo. Lo mejor es no estar ahí para verlo, por lo menos, no en primera persona.
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