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sábado, 1 de junio de 2024

Si tiene más potencia, es mejor

En una ocasión, con poco más de 20 años me compré mi primer coche "deportivo". Después de haberlo soñado toda la vida especialmente siendo pequeño. Se trataba de un Honda Civic Type R del 2003, y era ni más ni menos un coche pensado para ir a fuego en cualquier circunstancia. Todo, desde el chasis pasando por el motor, transmisión y caja de cambios estaban en perfecta sintonía, para ofrecerte una máquina efectiva en casi cualquier trazado. Como cualquier coche tenía sus desventajas, aunque si lo que buscabas era una máquina que hiciera sentir sensaciones y poder pasar muy rápido por cualquier curva, era casi perfecto.


Pesaba poco más de 1000kg para 200 caballos de potencia, lo cual hacía que pudieras salir de cualquier curva a unas velocidades que ni siquiera tú lo terminabas de asimilar. Sin ser ni mucho menos alguien "experto" detrás del volante.


Poco después de adquirirlo, fui a un punto de encuentro donde solíamos ir los aficionados a hablar de nuestras máquinas y de todo (o nada) lo que habíamos hecho en el vehículo. En una ocasión, encontré al orgulloso propietario de un Ford Mustang 3.0 ecoboost. Se acercó a mí y dijo algo parecido a lo siguiente:


"Bah... Ese coche japonés hace mucho ruido pero ni se mueve del sitio. Apuesto que desde este punto a las siguientes tres rotondas te dejo atrás con mucha diferencia. Le falta potencia."


A los pocos segundos de escucharle hablar me di cuenta de que no tenía ni idea de lo que estaba diciendo, y acepté. Cosa que le sorprendió, no precisamente para bien. Así que nos subimos a los coches, fuimos a la recta que conectaba con la primera rotonda y dimos gas a fondo


Como era de esperar, en los primeros 400 metros me ganaba. Me sacaba más o menos unos tres coches de diferencia. Llegó la rotonda, y frenó en seco. Vi las luces del freno encenderse sostenidamente. En cambio yo, no frené


Le adelanté por el interior de la rotonda, solté el pedal del acelerador unos pocos segundos para conseguir el viraje necesario para girar sin tener que frenar, y volví a dar gas a fondo. En esta ocasión, no le dio tiempo a tomar suficiente velocidad como para alcanzarme. Y vino la siguiente rotonda. Repetí el proceso, y vi como el Mustang cada vez quedaba más, y más atrás.


Llegué al punto donde terminaba la "carrera", y el tipejo con dicho Mustang pasó de largo como si la cosa no fuese con él. Lo cual ya indica la poca personalidad que hay que tener para perder y luego pasar de largo como si nada hubiese ocurrido. Patético.


La moraleja desde un principio era: Más no siempre es mejor. Más potencia no siempre es más velocidad. Y más motor no es mejor paso por curva. Así que si no se entiende lo elemental, por mucho Mustang que te compres al final harás el ridículo sea como sea. Especialmente si abres la boca para hacer el gallo, sin ser más que un gallina. Cosa que se demostró al final.


El caso es que el concepto de estos vehículos es precisamente ese, ir rápido. Especialmente en el paso por curva, que es lo que encontramos en los circuitos. Este concepto es el que más extendido encontramos en Europa y Japón. Porque si nos vamos a Estados Unidos, prácticamente lo único que les interesa es montar máquinas monstruosas de 2000 caballos que aceleren lo máximo posible en una línea recta.


Precisamente por esto hoy recordaba esta anécdota. Veía en YouTube un vídeo de un auténtico monstruo de 2600 caballos, que llevaba más turbos instalados que una fábrica de productos químicos. Tanta potencia, tanto derroche de cubicaje para terminar dando acelerones en una línea recta. Porque lo que tiene un coche con 2600 cv, es que es imposible hacerlo girar.


Ese es el concepto de los americanos. Todo desmedido, pero sin un mínimo enfoque en la deportividad o en la esencia de los circuitos. Sencillamente una potencia bruta descomunal, tan descomunal como inútil, imposible de exprimir a no ser que te encuentres en una perpetua recta, donde no necesitas girar ni tener ningún tipo de habilidad al volante. Sólo necesitas el gesto de pisar el acelerador (muchas veces además, con coches automáticos que ni tan sólo tienen cambio de marchas) y que la cabeza se te pegue al asiento del tremendo acelerón que da la máquina.


Los vehículos transmiten mentalidades. Por eso son tan distintos según los países. En japón tienen un concepto. En Australia, otro. En África, otro. E indudablemente el que más habilidad y enfoque en la deportividad necesita, es el concepto Europeo.


En Europa nació el WRC (World Rally Championship). No hay más que ver a los pilotos de Rally correr una etapa para ver lo demencial que resulta conducir un coche de 300 caballos por una carretera de 2 metros de ancho, a 160 km/h. Sin cometer ni un solo fallo. Dando giros de 180º a velocidades de vértigo. Con el público a ambos lados a pocos centímetros de los coches que pasan. Y además, luchando contra un cronómetro que si se distancia por dos segundos del otro corredor, nos hará perder la etapa. Porque así funciona: Gana quien va más rápido, no quien más velocidad punta alcanza.


Y precisamente por eso, a los americanos no los vemos más que en la NASCAR. Dando vueltas a un circuito ovalado sin curvas, o compitiendo en pistas haciendo el cuarto de milla (1/4), corriendo en rectas. Y precisamente por eso los pilotos americanos no tienen ninguna relevancia en las competiciones mundiales de ninguno de los deportes de motor (Fórmula 1, WRC, MotoGP). 


Tanta potencia, tanto derroche de miles de caballos. Para no poder seguir a un Citroën Saxo 1.4 en una carretera revirada. Esta parte ya desvirtua toda la "esencia" del concepto americano de las cosas. Que es sencillamente pensar "en grande" al final reduciéndolo todo a una cosa muy pequeña: Ir a toda pastilla en las rectas. Pero nada más.


Así que ya me véis, con 23 años que tenía, montado en un coche de poco más de 10.000€ dándole un repaso a uno de 40.000€. Con más potencia, más cilindros y el triple de caro. Pero también con mucho más peso y una esencia deportiva nula, así como todo lo americano. El mayor error del propietario fue pensar que más era mejor, y no me equivoqué al pensar en que ese encuentro le revolvió el estómago. Ya que a los pocos meses vendió ese coche para nunca jamás volver a comprarse un americano.


Anécdotas de la vida.


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