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domingo, 5 de enero de 2025

Cutrez y bajunería

Este es un tema del que hablé hace un tiempo, aunque por ciertas cuestiones lo he vuelto a revivir y por tanto, me han entrado ganas de volver a poner a parir algunas cosas como suelo venir a hacer aquí.


Como ya conté en su día, en el pasado estuve muy dedicado a la música. No a ningún género en concreto, sino a la teoría musical en sí. Tonalidades, escalas, modos musicales, dominio del tempo. Es decir, que podría enseñar algunas cosas a cualquier tipo de músico, hasta cierto punto.


Lo cual no me convierte en director de orquesta, pero tampoco en un tipo que chapurrea cuatro canciones con un cajón en la plaza del pueblo. Mi especialidad siempre fue la guitarra, aunque siempre más enfocada en entender el funcionamiento de las dinámicas que se empleaban en el instrumento.


Como también conté hace un tiempo, cuando empiezas a dar clases te viene gente de todo tipo. Y no tardé demasiado en ver al bajo nivel al que todo se iba a reducir por mucho que seas un auténtico maestro en teoría musical. Empiezas a entender también, que las personas que van al conservatorio son aquellas que aspiran a algo, y que todos los demás son una mezcla entre mareantes, cara-duras, tirados varios y personas que en un porcentaje casi total, no van a llegar a nada.


Y cuando decimos nada, es nada. Nada. Ni a tocar bien, ni a tocar mal. Ni a aprender en profundidad, ni a interesarse nada en concreto. Se pasan la vida así. Ahora hacen guitarra, luego hacen karate. Y a los años se emparejan y sencillamente no hacen nada, lo dejan todo. Como si todo fuesen episodios sin importancia alguna. Cuando te tienes que acostumbrar a tratar con gente así, la verdad es que pierdes bastante la ilusión por el tema en general.


Precisamente por eso, con los años, lo fui aparcando. Cada vez más, y más. No el aprendizaje personal, sino las clases. Porque la cantidad de imbéciles con los que llegué a tratar terminó por hartarme. Y si sólo fuesen imbéciles, tira que te va. Pero es que muchos de ellos/as eran desequilibrados. Personas que padecían problemas mentales, algunos de ellos sin darse cuenta.


Zumbados varios. Una vez me vino un jubilado que se emperraba en que me fuese al bar con él al terminar las clases. Un tipo de 60 años diciéndole a un chaval de 19 que se fuese con él al bar. Otro, estaba absolutamente obsesionado con montar una banda y no había día que no me repitiese que me uniera a su banda. Un tío que no sabía tocar dos acordes seguidos y que estaba asistiendo a clases desde hacía pocos meses hablando de "montar bandas musicales".


Era un tonto del culo detrás del otro. Pocos alumnos tuve que merecieran la pena. No era algo personal mío. Tenía otros tantos amigos en la época que se dedicaban a dar clases, y tenían una experiencia similar. Entristecía bastante que algo tan satisfactorio y realizador como aprender música, atrayese a tantos idiotas patológicos. Aunque al final, la conclusión siempre es la misma:


Dinero. El problema era el dinero. Y las tarifas.


¿Y sabéis por qué lo sé? Porque antaño cobraba cuatro duros por dichas clases. Pero como tenía muchos alumnos, sacaba un buen montante. Y tener los precios bajos atraía idiotas a puñados. Lo cual de por sí nos hace sacar una conclusión bastante fea: Lo barato atrae a tontos. 


¿Y sabéis lo que ocurrió en cuanto subí las tarifas para filtrar a esos tontos en cuestión? Pues claro que lo sabéis, puesto que ya lo conté en su día.


Que no vino nadie más. Eso fue lo que pasó. Y fue la guinda definitiva para dejar de hacerlo, para no volver nunca jamás.


Las personas que tienen un interés r-e-a-l en alguna cosa, invierten en ella. Los que no, hacen el capullo integral. Se embarcan en capítulos temporales que olvidarán pronto. Pierden el tiempo y lo hacen perder a los demás. Se apuntan a aprender música igual que a bailar salsa. No tienen absolutamente ninguna guía interna que los impulse a hacer las cosas. Y casi siempre, gastar tiempo en esas personas suele terminar resultando una mala idea.


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