Si escogemos un lapso de tiempo determinado (por ejemplo, una época 20 años atrás y otra 20 años después) comprobaremos según sesgos sociológicos e incluso por países, qué es lo que valora la gente. Se valora más la elocuencia, las habilidades del individuo, su inteligencia, sus capacidades prácticas. O por el contrario, se valoran más las cosas banales, entretenidas llevadas a lo infantil y todo aquello superficial a más no poder. Poco hay que escarbar para darse cuenta de que actualmente, estamos vivendo lo segundo.
No hace falta más que entrar en cualquier red social actual para darse cuenta de que poco importa si un individuo/a está más preparado o menos preparado. Poco importa la relevancia e incluso el porcentaje de verdad, en muchas ocasiones, de lo que este individuo/a transmite a los demás. En una medida enorme, lo poco que importa es la imagen que da y lo mucho (o poco) que los demás compren esa imagen. Y ya está.
Es decir: Que hace no tanto tiempo, un individuo debía saber hacer algo en concreto para convertirse en alguien famoso y célebre. Hoy, no es necesario ser célebre para ser famoso. Es necesario hacer una tontería gigantesca, que dos cientos mil niños de 12 años compartan esa tontería gigantesca y a partir de ahí, ir multiplicando las tonterías. Y a raíz de eso, las plataformas que cuentan con contenido más infantil, superficial y trivial se han convertido en las más rentables de la historia. La premisa es: Lo que más éxito tiene es lo más tonto de todo.
En los últimos años los colegios e institutos han enfrentado un auténtico reto a la hora de regular los teléfonos móviles tanto en los centros como en las aulas, debido al tremendo auge de los smartphones entre niños de edades insultantemente bajas. Niños que pasan una cantidad importante de tiempo al día visionando material de consumo instantáneo, cambiando de pantalla cada quince segundos y aportando nada (y menos) al desarrollo de la persona. Nunca en la historia habíamos tenido tantos niños consumiendo contenido banal e impropio de edades tan tempranas como ahora. Todos esos niños/as conforman una parte importante de esos "nuevos usuarios" de las redes sociales, usuarios que hace poco más de una década simplemente no existían.
Algunas de estas cosas son poco discutibles por una sola causa: La posibilidad física de que cualquiera pueda publicar contenido sea útil o no (y la definición de "útil" la explica Google más que bien) ha hecho brotar como setas a personajes que no saben hacer nada (objetivamente, nada) y les ha convertido en auténticos idolos de masas. Cual cosa habla suficiente de las plataformas y de las masas, como para tener que añadir mucho más.
Las habilidades reales de la mayoría de influencers, personajes famosos pero no célebres y todo lo que más podemos encontrar actualmente "en la onda", son escasas por no decir nulas. Se han tenido que inventar términos sobre la marcha como "creadores de contenido", "comunicadores" y otras palabras falaces para justificar que alguien con una formación nula en nada, se haga millonario. Y el problema no es que se hagan millonarios o no, el problema es que actualmente no se premian las habilidades reales ni siquiera se valora el talento: Se valora que tengas visitas. O en su defecto, suscriptores.
Y para tener visitas no hace falta tener talento. Lo cual ha hecho bastante difícil que se pueda discernir entre personas exitosas y no exitosas, ya que el éxito actualmente lo determina exclusivamente el dinero. O por lo menos, una mayoría objetiva de la población establece ese baremo de importancia a casi todo.
Para terminarlo de arreglar, me cansa bastante que al decir todas estas verdades que por lo general, tienen poca discusión, la gente tenga que salirse por la tangente a hablar de "las bondades de las redes sociales" para poder contestar a esto. Cuando el tema no es ni que las redes sociales sean útiles ni que no tengan bondades. Pero comprendo que no hay otra manera de responder a una serie de cosas que tienen poco margen que no sea reconocer, que hoy día la gente es mucho más superficial de lo que era hace veinte años.
He notado que por lo general, a los demás les cuesta bastante reconocer algunas cosas. Algunas cosas que por otra parte, no tendría ningún problema en reconocer si otro/a las dijera. Y con otros temas exactamente igual. Aunque también he notado, que muchas veces anteponen su "experiencia personal" a cualquier verdad objetiva que se pueda decir, lo cual también hace muy difícil ver con claridad cualquier tema.
Es como si escuchase a alguien decir que hoy en día prácticamente nadie tiene interés por los instrumentos musicales, lo cual es una realidad más que objetiva. Y por el mero hecho de que yo a título personal, sí tengo interés por los instrumentos, ponerme a negar esa evidencia y decir que no, que sigue habiendo "mucha gente" que tiene interés y que ese tema está más vivo que nunca. Pues eso es lo que te encuentras día a día en las "experiencias personales" de la gente. Una tendencia de eclipsar con subjetivismos lo que por otra parte, no puedes negar con argumentos más objetivos.
Y no hay nada más objetivo que afirmar que el auge tremendo de las redes sociales ha venido de la mano de personas que no saben hacer nada en concreto. Que los términos inventados en menos de un lustro "creadores de contenido", "influencers" y demás títulos casi abstractos han venido de la necesidad de justificar las acciones de gente que no sabe hacer nada. Y que al margen de si tienen éxito o no, ese éxito no ha venido de una habilidad real ni nada que se le parezca. Ha venido del aumento de la superficialidad, del contenido inmediato y del infantilismo generalizado. Lo cual es el cóctel perfecto para convertir las redes sociales en lo que se han convertido: Una fábrica gigante de generar dinero.
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